La Historia de Occidente comienza en el Mediterráneo, en el Mare Nostrum, al cual se han asomado y asoman sus ciudades más
antiguas, llenas de episodios misteriosos y enigmáticos. Así nos se nos narra
en relatos mitológicos, a través de la literatura y la historia.
Ese Mar Interior, en el que se miran Europa y Africa, tuvo durante siglos una sola salida: El Estrecho. Catorce kilómetros que separan las costas de Europa y Africa, en las cuales se encaran, frente a frente, el Acho de Gibraltar y el Hacho de Ceuta, Escila y Caribdis para Homero, las míticas columnas de Hércules.

En la antigüedad, el mar era la vía más rápida de comunicación con
la que contaban. En su derredor surgían las ciudades más prósperas y por él
penetraba todo progreso material e ideológico.
Los primeros navegantes que se aventuraban al fin del mundo conocido sabían
que su pórtico se enmarcaba con las míticas Calpe
y Abyla, y que esta última, la más
meridional, tomaba la forma del Elephas,
el elefante citado por Estrabón. Luego, circunvalado el Hacho, se abría la
acogedora bahía en la que más tarde se insertará Ceuta, como una perla en su
concha de nácar, la perla colocada entre
el pecho y la garganta del mundo, que cantó el poeta. Al fondo la silueta pétrea
de Atlante, el monarca petrificado y
condenado a sostener con su cuerpo el peso de la bóveda celeste.
Lejos de los relatos legendarios, la siempre objetiva arqueología nos
encauza a encontrar el origen de Ceuta en los fondeaderos que sus costas
ofrecieron a los navegantes púnicos, y para los que algunos hacen de la Odisea
derrotero primitivo. Heredado su conocimiento por Roma, asentaría en su dársena
las primeras factorías de salazones origen de su población. Fruto de unas y
otras actividades, el Museo de Ceuta ofrece hoy las piezas con las cuales se
reconstruyó el ancla antigua, y una colección de ánforas que puede reputarse
como de las mejores de la museística internacional.
En Roma está el origen de nuestro mundo, las raíces de la convivencia
cultural, multiracial, ecuménica e interétnica. Bajo su dominio Africa y
Europa formaron un sólo imperio. El Estrecho es entonces vía de comunicación
y no frontera. Las provincias del norte y del sur son iguales: Occidente.
Nuestro actual territorio se puede dividir en cuatro partes: En el
centro, el istmo, la parte más estrecha, amurallada al norte y al sur; limitada
por dos fosos –seco el de Almina y navegable el Real-
el este y al oeste. La Almina es una península, que va ganando en altura
para acercarse el Hacho, y de la cual la separa la cortadura del valle. El Campo
exterior es la zona continental sobre la que creció la urbe en momentos
expansivos como el actual. El Hacho, el punto más alto que siempre fue faro en
el mar y atalaya para divisar la tierra, al otro lado de la población.
En el istmo aparece el primer núcleo de población, quizá un par de
siglos antes del cambio de Era, que luego se irá extendiendo hacia el este, con
el surgimiento de diferentes instalaciones de salazón, y que limita a esta
parte con la basílica paleocristiana del siglo IV, descubierta en las
proximidades del foso de Almina y, al oeste, la necrópolis de las Puertas del
Campo, hallada en las inmediaciones del Otero, fuera de las fortificaciones
exteriores.
Lentamente estamos descubriendo una población romana industriosa y exportadora de sus productos, de sincretismo religioso demostrado en los restos de prácticas cristianas y de culto a Isis, con ajuares domésticos cosmopolitas y donde la moneda corriente no se limitaba al entorno. Incluso en lo funerario se han hallado sepulturas de muy diversas tipologías, pasando por enterramientos en ánforas y tégulas hasta sarcófagos marmóreos como el llamado «De las Cuatro Estaciones».

Poseída, cuando no arrasada, por los vándalos y luego por los
visigodos, su historia como ciudad comienza en el 534, al ser ocupada por los
bizantinos que la fortifican y guarnecen, nombrándola Septon,
de cuyo nombre derivarán los dados en las fuentes: Hepta Adelphoi, Septem Fratres... Entra entonces en la historia
documental, en las fuentes, y se habla de una basílica y un obispo propios.